Síndrome de Down: menos saliva y más problemas de encías
Autor: Cristina
TL;DR: La enfermedad de las encías y la falta de saliva son muy frecuentes en el síndrome de Down. Un estudio publicado en Cell Reports el 1 de julio de 2026, hecho en ratones y en células humanas, señaló como causa probable de esa falta de saliva un fallo en la señalización del calcio dentro de las glándulas salivales, y lo relacionó con inflamación, con cambios en las bacterias de la boca y del intestino y con niveles altos de succinato. Un fármaco ya conocido, la pilocarpina, aumentó la saliva en los ratones, pero no se comprobó que corrigiera el fallo de calcio, y su uso con este fin en personas todavía no está probado. No es una cura ni un tratamiento validado: es investigación de base. Lo aplicable hoy sigue siendo el cuidado de la boca y las revisiones dentales frecuentes.
La enfermedad de las encías es uno de los problemas de salud más constantes en el síndrome de Down, y no es una impresión. La bibliografía que recoge el estudio, publicado en la revista Cell Reports el 1 de julio de 2026, estima que entre el 60 y el 90 por ciento de las personas con síndrome de Down menores de 35 años presentan enfermedad periodontal. Y algunos trabajos previos describen signos de afectación de las encías, incluida la formación de bolsas periodontales, en alrededor del 36 por ciento de los niños de seis años o menos. Una bolsa periodontal es un espacio anormalmente profundo entre el diente y la encía, donde se acumulan las bacterias. Son cifras que superan con claridad las de la población general, e incluso las de otras personas con discapacidad intelectual.
Durante mucho tiempo se supo que estas encías enferman más y antes, pero no se sabía por qué a nivel biológico. Se sabía también que había menos saliva de lo normal, algo descrito tanto en niños como en adultos. Faltaba unir las dos cosas y explicar el mecanismo. Eso es lo que ha intentado el equipo del Colegio de Odontología de la Universidad de Nueva York dirigido por el profesor Rodrigo Lacruz, y conviene decir desde el principio de qué tipo de trabajo hablamos: casi todo se ha hecho en un modelo de ratón y en células humanas cultivadas en el laboratorio. No son hechos comprobados de forma definitiva en personas. Es investigación de base, y hay que leerla como tal.
La saliva hace más de lo que parece
La saliva no solo humedece. Lubrica la boca, ayuda a hablar, empieza la digestión y, sobre todo, mantiene a raya a los microbios. Funciona un poco como un enjuague constante: arrastra restos, neutraliza ácidos y no deja que ciertas bacterias se instalen. Cuando ese enjuague baja el caudal, los ácidos y las bacterias se quedan más tiempo donde no deben, el ambiente se vuelve más ácido y crecen los microorganismos que favorecen la caries y la enfermedad de las encías. La reducción del flujo de saliva tiene un nombre técnico, hiposalivación, y es el punto de partida de todo lo demás.
En los ratones del estudio, la saliva no solo era menos, también era distinta. Más ácida, y con niveles más altos de dos anticuerpos, la inmunoglobulina A y la inmunoglobulina G, que en la boca ayudan a controlar a los patógenos. Aquí conviene ser preciso, porque es fácil contarlo al revés: esos anticuerpos estaban más altos, no más bajos. Los autores apuntan que ese aumento podría deberse simplemente a que hay menos líquido, de modo que lo que hay queda más concentrado. Lo que sí describen en las glándulas es una carga inmunitaria más alta de lo normal, un tejido con las defensas más encendidas. En personas con síndrome de Down se han descrito subidas parecidas de estos anticuerpos en la saliva. Hubo también más amilasa, la enzima que empieza a deshacer el almidón de la comida. Y aquí aparece un primer aviso: en las personas con síndrome de Down suele describirse más bien lo contrario, menos amilasa. El ratón se parece, pero no calca, y eso hay que tenerlo delante durante todo el camino.
Cómo se estudió: ratones Dp16 y células humanas

Para entrar en el mecanismo, los investigadores usaron un modelo de ratón muy utilizado en este campo, llamado Dp16, que reproduce la duplicación de una parte del material genético equivalente a la que ocurre en el síndrome de Down. En esos ratones la producción de saliva era aproximadamente un 24 por ciento menor que en los ratones de control.
Un modelo animal, por sí solo, no basta. Por eso el equipo trabajó también con células madre pluripotentes inducidas, las llamadas iPSC. Son células humanas, en este caso de piel, que en el laboratorio se reprograman para volver a un estado inicial desde el que pueden convertirse en muchos tipos de tejido, y sirven para estudiar procesos de una persona concreta de forma controlada. Las iPSC procedían de una persona con síndrome de Down, y mostraron el mismo tipo de fallo en el manejo del calcio que se veía en los ratones. Que el problema aparezca ya en estas células, todavía sin diferenciarse en ningún tejido, apoya, según los autores, que exista un componente celular de fondo, propio de estas células. Lo que no permite es fijar en qué momento del desarrollo de una persona aparece. Es una interpretación de los investigadores, no una certeza.
El hallazgo central: una recarga de calcio que falla
El descubrimiento principal tiene que ver con el calcio. Para fabricar saliva, las células de las glándulas salivales necesitan mover calcio siguiendo una secuencia. Primero sueltan el que tienen guardado en un depósito interno. Pero ese depósito se vacía enseguida, y para seguir produciendo saliva hace falta rellenarlo con calcio que entra desde fuera de la célula, por unos canales de su membrana. Ese mecanismo de recarga es lo que los científicos llaman entrada de calcio operada por depósitos, abreviado SOCE por sus siglas en inglés.
Piénsalo como una cisterna conectada a la red de agua. El depósito interno es lo que la célula tiene almacenado; el SOCE es el tubo que vuelve a llenarlo desde la red para que el grifo no deje de correr. Y el grifo, aquí, es un canal llamado anoctamina 1, o ANO1, que deja pasar cloruro; y ese movimiento de sales genera el empuje que hace que el agua salga detrás y forme la saliva. Si la recarga es débil, el depósito no se mantiene lleno, el grifo pierde presión y sale menos saliva. Eso es lo que el estudio observó en las glándulas de los ratones Dp16: la recarga de calcio estaba claramente disminuida.
Porque queda la pregunta de por qué falla la recarga. Los investigadores encontraron una pista en un gen llamado Orai2. En los tejidos de los ratones se expresaba aproximadamente el doble que en los controles. Ese gen funciona como un freno de los canales de calcio, así que tener más podría reducir la recarga y dejar entrar menos calcio del necesario. Hay que decirlo con precisión: lo que se midió fue la expresión, es decir, cuánto se fabrica ese gen, y los propios autores avisan de que más expresión no significa siempre más efecto sobre el canal. Encaja con lo demás, pero no es una prueba cerrada. Y un dato obliga a más prudencia todavía: ese aumento de Orai2 no apareció en las células humanas iPSC, que mostraban el mismo fallo de recarga sin el freno subido. Los propios autores lo dicen sin rodeos: en las personas el mecanismo podría ser distinto, o haber más de uno en juego. Es un cabo suelto que ellos mismos reconocen, no un detalle escondido.
Lo que se desencadena después
El fallo de la saliva no se queda en la boca. El estudio siguió el rastro y encontró tres cosas encadenadas.
La primera es inflamación. En la encía de los ratones Dp16 había niveles altos de dos moléculas inflamatorias, la interleucina 1 beta y la interleucina 6, conocidas por favorecer la destrucción del tejido y del hueso que sujeta los dientes. Y en las glándulas salivales había más células de defensa, linfocitos T y B, metidas en una cantidad que no corresponde, lo que apunta a una inflamación mantenida en el tiempo.
La segunda tiene que ver con la energía de las células. Las mitocondrias son la parte de la célula que produce energía, y necesitan calcio para hacerlo bien. En las glándulas de los ratones Dp16 la función mitocondrial estaba reducida y había menos ATP, que es la molécula con la que la célula paga casi todo lo que hace. Los dos problemas, el del calcio y el de la energía, aparecen a la vez, y los autores plantean que podrían estar ligados; incluso que la relación podría ir en los dos sentidos. Lo que el estudio no demuestra es que uno sea la causa directa del otro.
La tercera es la más llamativa, porque conecta la boca con el resto del cuerpo. Con menos saliva cambian las bacterias que sobreviven en ella. En los ratones Dp16 aumentaron microorganismos asociados con la producción y el metabolismo de un compuesto llamado succinato, un metabolito, es decir, un producto del metabolismo, que en cantidades altas se relaciona con inflamación y con pérdida de hueso periodontal. Y el succinato tampoco se quedó en la boca: en la sangre de estos ratones había el doble que en los normales. En el intestino, un grupo de bacterias de la familia Muribaculaceae, apenas presente en los ratones de control, llegaba a suponer alrededor del 30 por ciento de la comunidad, y allí la enzima que degrada el succinato estaba menos activa, lo que ayuda a que se acumule, con menos ATP en la misma línea que el problema de energía de las glándulas. Ese patrón del intestino ofrece una explicación posible para el succinato alto en sangre, pero el experimento no permite saber todavía de dónde procedía exactamente ni qué apareció antes. En este modelo, la poca saliva, el cambio de las bacterias y las alteraciones del metabolismo aparecen a la vez. Se sabe que van juntas; no se sabe todavía en qué dirección.
Hay un motivo de fondo por el que los autores insisten tanto en la saliva. La enfermedad de las encías no se queda en la boca: sostiene un estado de inflamación que pesa en el resto del cuerpo. No es el único caso en el que la boca y las vías respiratorias concentran retos de salud en el síndrome de Down; algo parecido ocurre con la apnea del sueño, que también repercute mucho más allá de donde empieza. En la población general se ha visto una relación entre la enfermedad periodontal crónica y el alzhéimer, y las personas con síndrome de Down desarrollan alzhéimer de forma temprana con mucha frecuencia. Por eso los autores plantean, como hipótesis todavía por estudiar, que una carga tan alta de enfermedad de las encías podría ser uno de los factores que intervienen. No está demostrado, y no hay que leerlo como una sentencia. Es una razón más para no tratar el cuidado de la boca como algo menor.
La prueba con pilocarpina
Puesto que el problema de fondo era la falta de saliva, el equipo probó a estimularla con un fármaco ya conocido, la pilocarpina. Es un agonista colinérgico, un compuesto que imita la señal que el cuerpo usa para ordenar a las glándulas que produzcan saliva, y se usa desde hace décadas, por vía oral, en personas con sequedad de boca por radioterapia o por el síndrome de Sjögren.
En los ratones Dp16, dos dosis diarias durante tres semanas aumentaron la saliva en más de un 45 por ciento respecto a los que no lo recibieron, y bajaron de forma significativa la interleucina 6 en la encía, lo que apunta a menos inflamación local. Hasta aquí, la parte buena. Pero hay un matiz que cambia la lectura, y el propio estudio lo deja claro: no comprobaron si la pilocarpina reparaba el fallo de calcio. Midieron que subía la saliva, no si el mecanismo de fondo cambiaba. Por eso no puede darse por corregida la causa. El fármaco empuja la producción de saliva por otra vía; qué pasó con la recarga de calcio, sencillamente, no se midió. Y todo esto ocurrió en ratones, en un ensayo corto. Que un medicamento funcione así en un animal no dice todavía a qué dosis, con qué seguridad ni con qué efecto sería razonable usarlo con esta finalidad en personas. Eso hay que probarlo en ensayos clínicos que aún no se han hecho.
El parecido con el síndrome de Sjögren
Los investigadores notaron un parecido incómodo con otra enfermedad, el síndrome de Sjögren, una afección autoinmune en la que el propio sistema de defensa ataca las glándulas salivales. Las dos comparten varias cosas: poca saliva, inflamación de las glándulas, presencia en la sangre de unos autoanticuerpos llamados SSA, asociados al Sjögren y que se usan como uno de los indicadores en su diagnóstico, y una señalización de interferón elevada, una parte del sistema inmunitario que en el síndrome de Down suele estar sobreactivada. Esa sobreactivación tiene una explicación conocida: el cromosoma de más lleva copias adicionales de los genes que reciben la señal del interferón, de modo que la célula tiene esa antena multiplicada y responde con más intensidad de lo normal.
En el modelo fueron un paso más allá. Provocaron en los ratones un estado parecido al Sjögren con una sustancia que se usa para eso en el laboratorio, y comprobaron que los ratones tipo Down partían ya con más de esos autoanticuerpos SSA y con más células inmunitarias dentro de las glándulas. Salían, por así decirlo, de más cerca de ese estado. Sigue siendo un experimento en animales, y los propios autores repiten que hace falta más para dar la conexión por buena.
Sobre esto, mejor no correr. La esperanza de vida en el síndrome de Down ha subido mucho en las últimas décadas, de una media de unos 35 años en los años ochenta a alrededor de 60 en la actualidad, gracias a una mejor atención médica. Con más años de vida, plantean los autores, podría existir un mayor riesgo de desarrollar problemas parecidos al Sjögren con la edad. Lo plantean como hipótesis, y ellos mismos advierten que no se ha estudiado todavía. Es una vía para vigilar, no un hecho.
Para qué sirve esto hoy
Aunque lo de la pilocarpina esté en fase de ratón, el estudio deja algo útil desde ya. Ayuda a entender que los problemas de encías en el síndrome de Down no salen solo de una higiene insuficiente. Hay una base biológica, la falta de saliva, que juega en contra por debajo. Dicho de otro modo: aunque se haga todo bien, se parte con desventaja. Eso debería servir para quitar culpa y encarar el cuidado con apoyo en lugar de con reproche.
De ahí se sigue una idea práctica sencilla, más de sentido común clínico que de recomendación cerrada del estudio. Si la saliva puede estar reducida y más ácida, la protección natural de la boca es menor, y esa menor protección se compensa con más cuidado y más vigilancia. En la práctica, eso apunta a revisiones dentales más frecuentes para seguir de cerca las encías, a extremar la higiene diaria, y a vigilar la acidez y el azúcar de la dieta, que ante poca saliva hacen más daño y más rápido. Lo único que el propio estudio menciona en este terreno son los sustitutos de la saliva, los geles y los espráis humectantes, como opción para aliviar la sequedad cuando es persistente. El resto son medidas razonables que se deducen de saber cómo está el terreno, y así conviene tomarlas, no como algo que el trabajo haya demostrado.
Para los profesionales, el mensaje es que merece la pena un seguimiento periodontal cuidadoso desde edades tempranas, sabiendo que aquí el punto de partida es distinto.
Los límites, y lo que este estudio no puede decir todavía
Hay que tener presente hasta dónde llega. Casi todo se ha hecho en ratones y en células de laboratorio. El cuerpo humano es mucho más complejo, y lo que se ve en un animal no siempre se repite igual en las personas. El propio trabajo lo enseña con un ejemplo: el freno genético, ese Orai2 subido, apareció en el ratón pero no en las células humanas, así que algo del mecanismo se nos escapa todavía.
Sobre el fármaco, los autores piden cautela expresa. El fondo genético del síndrome de Down es muy complejo, con muchos genes que interactúan, y cualquier intervención futura tendría que ir con cuidado para no mover otras piezas. La pilocarpina, sin ir más lejos, puede dar problemas digestivos, y a dosis muy altas se ha usado para provocar convulsiones en animales, aunque las que se emplean para eso son más de 350 veces mayores que la de este estudio. No se usa sin indicación médica, y para este fin aún tendría que pasar por las fases de investigación en personas. No hay, a día de hoy, ninguna cura ni ningún tratamiento validado que salga de este trabajo y pueda aplicarse ya.
Qué queda
Lo que aporta el estudio es un cambio de mirada. Se pasa de ver un síntoma, la boca seca, a señalar un posible origen dentro de la célula, en cómo maneja el calcio, y a mostrar que ese fallo se enlaza con la inflamación, con la energía de las células y hasta con las bacterias del intestino. No es poco para un problema que llevaba años descrito sin explicar.
Para una familia, lo aplicable es concreto y no espectacular: la parte biológica existe y no es culpa de nadie, la saliva importa más de lo que parece, y el cuidado constante de la boca, con revisiones frecuentes, sigue siendo la mejor herramienta mientras la investigación avanza. Lo demás, de momento, son ratones y células, y así hay que contarlo.
Aviso. Este artículo divulga y reúne investigaciones científicas, en su mayoría realizadas en modelos animales y en células, no resultados confirmados en personas ni tratamientos disponibles. Tiene una finalidad informativa y no sustituye el criterio de un profesional. Cualquier decisión sobre la salud conviene consultarla con el odontólogo o el médico de referencia.
Fuentes
Estudio original: Son, G.-Y. y cols. Dysregulated calcium signaling underlies hyposalivation and microbial dysbiosis in Down syndrome. Cell Reports, 1 de julio de 2026. https://www.cell.com/cell-reports/fulltext/S2211-1247(26)00697-2
Nota de prensa de la Universidad de Nueva York (NYU), julio de 2026. https://www.nyu.edu/about/news-publications/news/2026/july/oral-health-down-syndrome.html
Nota de prensa en EurekAlert, 1 de julio de 2026. https://www.eurekalert.org/news-releases/1134011
Reseña en Dental Tribune. https://us.dental-tribune.com/news/downs-syndrome-and-hyposalivation-new-insights/